Experiencias

Sé desde hace tiempo que la voz cura...
Sábado, Junio 4, 2011 - 14:10

Sé desde hace tiempo que la voz cura, que la vocal es la musicoterapia más eficaz, gracias a varias personas maestras; pero también gracias a mis hijos, que ponen todo su ser en el canto y así se entiende y se disfruta al oírles. Escuchar una canción interpretada con la generosidad del regalo abre la válvula de las emociones que no nos permitimos tener y sepultamos en lo más hondo de nosotros. La belleza, otra emoción, sirve de guía para encontrar la salida y en ese momento se produce la comunicación entre las almas de todos, los que cantan y los que escuchan. Estoy convencida de que entonces la ayuda es mutua.

Cantamos para aquellos que quieren escucharnos durante su tiempo de espera y cambiar su angustia por una sonrisa o una lágrima y conseguirlo (nunca esta frase ha tenido tanto significado) nos hace felices.

Hablar de Tempo de Espera...
Miércoles, Junio 1, 2011 - 20:31

Hablar de Tempo de Espera significa intentar redactar en mi mente todo aquel encuentro de sensaciones que supone participar en este bellísimo proyecto. Tempo de Espera es mil cosas, entre ellas, que un paciente que apenas habla te pida interpretar el "Zapateado" de Sarasate, o "Historia de un amor", o termines entre macetas y varias habitaciones improvisando infinitamente sobre "Volando voy" porque... la verdad es que no recuerdas cómo seguía, pero el mismo ambiente parece tarareártelo. Es también transformar unas sencillas variaciones de guitarra en un dúo, o surcar las olas del mar de Alfonsina pasando por las costas de Irlanda con uno de sus divertidos "Reels".

En el hospital he sentido que el tiempo (y también el tempo musical) no es que se transforme, sino que tiene otra densidad. Los pitidos de las máquinas rellenan tu melodía con sus contratiempos, a veces tan vívidamente cruzados; las enfermeras intentan no distraerse de su cometido mientras asisten con su mirada y se convierten en uno de los públicos más agradecidos que jamás he conocido; los olores y distintas aprensiones que cada uno sufrimos (ay, la sangre...) te recuerdan que no estás en un auditorio o un teatro. Exclamo ¡y qué! Mi lema es que si los pacientes no pueden ir al concierto, el concierto debemos ir a ellos.

Quiero saber hacer música para compartirla, transmitirla, llevarla allí donde se propague el sonido, al recoveco más pequeño y rebelde, que penetre si quiere por una de esas molestas vías intravenosas y cambie el color del medicamento a través de la percepción; y que sea capaz de salir por un simple cerrar de ojos de alguien que disfruta y se relaja por unos minutos, quizá porque he conseguido llevarme a otro lugar la mente del paciente con la música. Sé que es un mensaje que debo emitir, un viaje que puedo liderar y una sensación que deseo producir.

Doy las gracias a los estupendos compañeros que están allí para cadencias flamencas, gominolas, fotos, lecturas a primera vista o lo que se tercie... sin ellos y sin Ana Alfonsel, no habría sido posible recopilar esta parte de experiencias, que afortunadamente,  van a ir ampliándose en cada ocasión.